Nuestros ancestros bolivianos: legado de Paula Alcón y Manuel Rodríguez de Olivera
Hoy, Viernes Santo de 2026, en un día de recogimiento, memoria y significado espiritual, dedicamos estas líneas a honrar la vida de nuestros ancestros: doña Paula Alcón y don Manuel Rodríguez de Olivera, cuyas raíces se hunden en la historia profunda del antiguo Alto Perú, hoy Bolivia.
Doña Paula Alcón, nacida en 1763 y fallecida en 1863 según registros parroquiales, alcanzó la extraordinaria edad de cien años. Su vida atravesó un siglo de transformaciones: desde la época colonial hasta los albores de las repúblicas sudamericanas. Su entierro quedó registrado el 30 de junio de 1863, en la parroquia de San Andrés, testimonio silencioso de una existencia larga y seguramente llena de vivencias, sacrificios y amor familiar.
Su apellido, Alcón, posee una resonancia especial. En Bolivia, particularmente en el Altiplano, se asocia a un origen prehispánico, vinculado a la cultura aymara como una posible castellanización del apellido Mamani. En su significado simbólico, evoca al halcón, figura de majestuosidad, visión y grandeza. No es simplemente un apellido: es una herencia cultural que conecta generaciones con la cosmovisión andina.
Hacia inicios del siglo XIX, Paula contrajo matrimonio en San Andrés de la Machaca, La Paz, con don Manuel Rodríguez de Olivera, nacido en Tarata, Cochabamba, y bautizado el 31 de julio de 1756. Este vínculo representa, como tantos en la historia latinoamericana, la confluencia de dos mundos: el indígena andino y el europeo.
Manuel era hijo de Narzizo Rodrigues de Olivera, bautizado el 30 de octubre de 1740, quien a su vez descendía del español Juan Rodrigues de Olivera y de doña Polonia Sanches, oriundos de Cabrera, en Castilla y León, España. A esta línea se suma doña Agustina María Caseres, probablemente de origen mestizo aymara, consolidando así una rica mezcla de identidades culturales que marcarían el devenir de sus descendientes.
De esta unión nació una extensa y significativa descendencia. Entre ellos, destaca Casimiro Rodríguez Alcón (1805–1860), quien dio continuidad al linaje, seguido por generaciones como la de Francisco Paula Rodríguez Herrera (n. 1831), Melchora Rodríguez Herrera, Felipe Santiago Rodríguez Herrera (1836–1896) y otros miembros de la familia que fueron tejiendo, paso a paso, la historia familiar.
Ya en generaciones posteriores, encontramos a Benigna Ventura Rosa Rodríguez Aliaga (n. 1857) y a María Adelia Rodríguez Aliaga (1860–1904), quienes forman parte del puente hacia una etapa más moderna de nuestra genealogía.
El linaje alcanza un punto especialmente cercano y significativo en la figura de don Julio Vilagut Rodríguez (1898–1992), nacido en Villa Bella, en el departamento del Beni (antiguamente Vaca Díez/Yacuma), Bolivia. Más allá de su importancia histórica familiar, fue también mi abuelo y padrino de bautismo, una presencia viva en la memoria afectiva y espiritual de nuestra familia. Su vida se extendió hasta Caracas, donde falleció el 13 de febrero de 1992, cerrando así otro ciclo de migraciones y encuentros culturales.
Empresario de la goma de caucho don Julio Vilagut Cañadell con su esposa doña María Adelia Rodríguez y sus dos pequeños hijos Julio y Baldomero Vilagut Rodríguez, los tres últimos bolivianos, y el primero nacido en Barcelona, Molins de Rei, en el cortijo familiar Can Vilagut.
Uno de los episodios más conmovedores de esta historia familiar se sitúa en el tránsito entre América y Europa. En un viaje hacia el Viejo Continente, doña María Adelia Rodríguez Aliaga enfermó gravemente de paludismo —la temida malaria de la época— mientras se encontraba a bordo de un vapor que surcaba las rutas fluviales y marítimas hacia el Atlántico. Su vida se apagó antes de alcanzar destino, siendo sepultada en algún poblado cercano a la desembocadura del Amazonas, lejos de su tierra y de los suyos. Don Julio Vilagut Cañadell, profundamente afectado y ahora viudo, continuó el viaje con sus dos pequeños hijos, aún de muy corta edad. Fiel a su determinación de asegurarles un futuro sólido, llegó hasta Barcelona, donde los dejó al cuidado de su hermana, doña Marieta Vilagut Cañadell, casada con Miguel Borrás Coll. El matrimonio no tuvo descendencia propia, pero ofreció un hogar y educación a los niños. Miguel falleció relativamente joven, a los 58 años, mientras que doña Marieta se convirtió en una figura clave en la familia, siendo además madrina de Adelia Vilagut Tineo quien se casó con Joan Valero Godina originario de Sabadell, Barcelona. Registros de empadronamiento la sitúan en la Avenida Barcelona 71, donde convivía con Adelia —quien figuraba como sobrina, aunque en rigor era sobrina-nieta, al ser nieta de su hermano Julio—, reflejando así la continuidad de los lazos familiares más allá de las distancias y las pérdidas.
A lo largo del siglo XX, la familia continuó expandiéndose en Bolivia, con ramas en ciudades como Trinidad, y posteriormente en otros países. Nombres como Julio Vilagut Martín (1926–2018), Adelia Vilagut Martín (1927–2013), Antonio Vilagut Martín (1928–2009), María Teresa Vilagut Martín (1931–2017) y Emilio Vilagut Martín (1935–2016) reflejan la continuidad de este legado a través de distintas geografías y épocas, hijos del primogénito Julio que se casó con Doña Consuelo Martín y Martín (1905-1992), española hija del arquitecto y constructor Julián Martín Pascual (1879-1942), y de Julia Martín Saenz (1885-1942), los tres últimos oriundos de Madrid.
En Bolivia, permanece gran parte de la familia Vilagut descendientes de los hijos de Baldomero Vilagut Rodríguez (1901-1979) quien casó con doña Victoria Dolores Tineo (1904-1979), en primeras nupcias y a su separación con doña Ángela Vaca Mendoza (¿?-2000), con numerosa descendencia.
Emilio y Nydia, con sus hijos Rafael y Juan Carlos Vilagut Vega.
En lo personal, esta historia se entrelaza con la de mis propios padres. Mi padre, Emilio, nacido en Madrid, llegó a Costa Rica desde Venezuela con pasaporte boliviano, llevando consigo esa identidad múltiple que define a nuestra familia. En la Universidad de Costa Rica, conoció a nuestra madre, Nydia Vega Rodríguez, dando inicio a una nueva etapa en esta larga cadena de encuentros, migraciones y afectos. El próximo primero de mayo 2026 estaremos recordando el décimo aniversario del fallecimiento de nuestro amado padre, por lo cual desde ya están convocados a la Santa Misa en la Parroquia de San Antonio de Padua de Curridabat.
Hoy, al evocar a nuestros ancestros, no lo hacemos únicamente desde la historia o la genealogía, sino desde lo cotidiano. Cada vez que disfruto de una salteña boliviana, ese sabor profundo y característico se convierte en un puente emocional hacia nuestras raíces, recordándonos que la identidad también se vive a través de los sentidos, de la memoria y de los pequeños rituales.
Este artículo se acompaña de una imagen simbólica de Paula Alcón y Manuel Rodríguez de Olivera, una representación que busca rendir homenaje a su unión y al origen de una historia familiar que, más de dos siglos después, sigue viva.
Porque al final, más allá de fechas y nombres, lo que realmente heredamos es una historia compartida: una mezcla de culturas, sacrificios, esperanzas y amor que sigue dando forma a quienes somos hoy.
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Viernes 03 de abril de 2026, San José de Costa Rica, por vilagutvrafael@gmail.com







