La corrupción: una constante histórica, no una excepción costarricense
La corrupción no es un fenómeno nuevo ni exclusivo de Costa Rica: es una constante histórica, humana y global. Desde las concesiones petroleras de inicios del siglo XX hasta los grandes escándalos transnacionales del presente, el poder siempre ha estado expuesto a tentaciones cuando fallan los controles, la educación y la memoria histórica. Este artículo invita a mirar el problema con perspectiva, datos y contexto, lejos del populismo y de los relatos simplistas, para entender que la verdadera lucha no es negar la corrupción, sino fortalecer instituciones, pensamiento crítico y ciudadanía informada.
Educación, historia y poder en un mundo imperfecto
La corrupción no es un invento moderno, ni una anomalía costarricense, ni mucho menos un fenómeno exclusivo de un partido político o de una coyuntura electoral. Es, antes que nada, una condición humana que atraviesa épocas, sistemas políticos, ideologías y fronteras. Pensar lo contrario es caer en un relato simplista que empobrece el análisis y facilita la manipulación populista.
Desde la Antigüedad clásica hasta los Estados modernos, pasando por imperios, repúblicas, monarquías y democracias, la historia registra incontables ejemplos de abuso de poder, tráfico de influencias y corrupción institucionalizada. Iberoamérica no es una excepción, pero tampoco es un caso único ni el peor del mundo occidental, como a veces se pretende instalar desde una lectura superficial o desde la llamada “leyenda negra” heredada de otros tiempos y otras potencias.
El problema de fondo: educación, pensamiento crítico e historia
Cuando una sociedad resta importancia a las matemáticas, la lectura, el razonamiento crítico y la historia, queda desarmada frente a los relatos fáciles. Sin herramientas para contextualizar, comparar y verificar, cualquier acusación se vuelve verdad absoluta y cualquier consigna emocional reemplaza al análisis.
Esto se observa con claridad en América Latina, donde muchas veces se juzga el presente sin conocer el pasado, y se exige pureza absoluta en sistemas que, por definición, están gestionados por seres humanos falibles.
Costa Rica: una democracia con sombras documentadas
En el caso costarricense, el académico Felipe Fernández, desde su trabajo riguroso en el Archivo de la Asamblea Legislativa, dejó constancia de que la corrupción no es un fenómeno reciente ni exclusivo del siglo XXI. En su obra Historia del Poder Legislativo costarricense, documenta con actas y fuentes primarias múltiples episodios que hoy sorprenderían a muchos ciudadanos.
Entre los casos que relata, aparecen diputados que legislaban en beneficio propio, como el uso gratuito del ferrocarril a inicios del siglo XX, o los pagos y comisiones vinculadas a concesiones petroleras otorgadas a empresas estadounidenses, que incluso alcanzaron a instancias del Poder Ejecutivo. Estos hechos demuestran algo clave: la corrupción existe desde la fundación misma de nuestras instituciones, no desde un partido o un apellido en particular.
Corrupción y justicia: siempre se necesitan dos partes
Otro elemento que suele omitirse en el debate público es que para que exista un delito de corrupción se requieren al menos dos actores: quien ofrece y quien acepta. No es casual que muchos casos no prosperen penalmente; probar la trazabilidad, la intención y el beneficio concreto es complejo, especialmente en épocas donde los controles eran mínimos o inexistentes.
Esto no equivale a justificar, sino a entender la dificultad real de sancionar jurídicamente hechos históricos o contemporáneos sin pruebas sólidas.
Presidentes, acusaciones y estilos de vida
En Costa Rica se han atribuido casos de corrupción a figuras como Óscar Arias, Premio Nobel de la Paz, Laura Chinchilla, primera mujer presidenta, y a otros expresidentes de distintas banderas políticas. Sin embargo, existe una diferencia sustancial con países abiertamente capturados por redes criminales: estos líderes no exhiben estilos de vida asociados al saqueo del Estado.
No hay flotas de jets privados, mansiones en paraísos fiscales, lingotes de oro ni cuentas opacas en Suiza. Esto no los hace infalibles, pero sí marca una diferencia importante frente a regímenes donde la corrupción es estructural y descarada, como ocurre en Venezuela y otros Estados fallidos como Cuba o la vecina Nicaragua.
El mundo tampoco es incorruptible
La corrupción no desaparece en los países desarrollados. Incluso las naciones mejor posicionadas en los índices de transparencia —como Noruega— reconocen niveles significativos de prácticas corruptas, que algunos estudios sitúan en torno al 20%. La diferencia no está en la ausencia del problema, sino en la fortaleza institucional para detectarlo, sancionarlo y limitarlo.
Odebrecht: el espejo latinoamericano
El mayor escándalo de corrupción transnacional en América Latina sigue siendo el caso Odebrecht, revelado en 2016. La constructora brasileña admitió haber pagado cerca de 785 millones de dólares en sobornos en al menos 12 países para asegurar contratos públicos. Presidentes, ministros, partidos políticos y empresarios quedaron expuestos.
Este caso dejó una lección clara: la corrupción no es solo local, también es importada, y muchas veces impulsada por grandes corporaciones transnacionales con sofisticados mecanismos financieros.
Populismo y deformación de la verdad
Por eso, cada vez que un discurso populista intenta destruir reputaciones sin contexto histórico ni pruebas sólidas —como ocurrió recientemente para desprestigiar a personas hechas a sí mismas y con trayectoria limpia como Álvaro Ramos Chaves— no estamos ante una cruzada ética, sino ante una deformación peligrosa de la verdad.
La realidad es más profunda, más incómoda y exige más estudio.
Democracia, controles y responsabilidad
Las cárceles existen en todo el mundo porque existen delincuentes, incluidos los de cuello blanco. La diferencia entre una democracia plena y un Estado capturado no es la inexistencia de corrupción, sino la voluntad real de perseguirla, sin importar si se trata de políticos, empresas transnacionales, carteles de narcotráfico o redes financieras ilícitas.
Como relato en ¿Cómo se fabrica un Presidente? y Cuando el poder se vuelve personal, obras publicadas en febrero de 2026, el riesgo no está solo en la corrupción, sino en la personalización del poder y la demolición institucional.
Mirando hacia el 2030 y más allá
Si algo deberíamos aspirar como país de cara a las elecciones generales de 2030 y 2034, es a votar mejor informados, con más historia, más datos y menos consignas. Costa Rica todavía tiene el camino abierto para seguir siendo una democracia sólida, capaz de corregirse a sí misma.
Desde mi experiencia profesional, formando parte junto a 160 colegas de un Puesto de Bolsa que ha operado correctamente por más de 23 años, puedo afirmar sin temor a equivocarme que la trazabilidad y el origen limpio de los fondos sí es posible, y que la transparencia no es una utopía cuando existe voluntad y controles reales.
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06 de febrero de 2026
Rafael Vilagut Vega
Preguntas para el debate, ¿Ya estás suscrito?
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¿Estamos exigiendo pureza moral imposible o fortaleciendo instituciones capaces de controlar la corrupción real?
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¿Cuánto influye nuestra falta de educación histórica y financiera en la facilidad con que creemos relatos populistas?
Imágenes, Los Contratos Petroleros en Costa Rica, 338d1913-2a66-4598-9c03-25ccc40e5c7d.png y 8aff97bd-d404-4e79-a1c1-181222ec925b.png San José de Costa Rica viernes 06 de febrero de 2026, vilagutvrafael@gmail.com web https://linktr.ee/ravilagut









